jueves, 23 de abril de 2015

¡El Estero... nuestro inolvidable y querido Estero!





Traslita con 'Panchito' nuestro monito tití,
papá con nuestra perrita 'Jicotea'
mi hermano siempre con su guitarra
mi tío con su saxofón
y nuestro amigo José Manuel con sus maracas... ¡días de El  estero!




Mi papá y mi hermano, incansables en sus faenas 
agrícolas.


Hace algunos meses le preguntaron a Traslita en el Piso Tutelado para personas de la tercera edad, donde vive desde hace cuatro años en nuestra amada Puntagorda, ese lindo piso, donde conviven personas hermosas, atendidas por entrañables chicas que cuidan de ellas con tanto amor, paciencia y cariño, como si de sus propios padres se tratara... pero ya llegara el momento de hablar de nuestro Piso Tutelado.  Por ahora voy a contar lo que le preguntaron a Traslita y lo que ella respondió:  Traslita, ¿que etapa de tu vida recuerdas con más cariño y quisieras volver a repetir? y ella muy segura como siempre de lo que dice respondió: son dos, la etapa que viví en El Estero, un Asentamiento Campesino en el estado Cojedes, en Venezuela y la otra, la que viví muchos años después, cuando trabajé en el departamento de lencería del Hospital General de San Carlos, también en el Estado Cojedes.

A El Estero nos fuimos a vivir cuando yo tenía diez años, allí, con la iniciativa de papá y la dedicación de mamá, además de nuestra parcelita agrícola donde sembrábamos arroz, maíz y algunas veces ajonjolí, teníamos una 'bodeguita'… que trasladándonos a la actualidad sería un 'minimarket' (*Minimarket: Establecimiento con menos de 500 m², con un horario comercial superior a las 18 horas, un periodo de apertura de 365 días del año). A cualquier hora llamaban a don Pérez Pérez, mi papá, y salía corriendo la señora Trasla, mi mamá, para lo que hiciera falta. La 'bodeguita' al principio, en el barracón donde vivíamos, tenía paredes de bambú y techo de zinc. Allí, menos bebidas alcohólicas, las que Traslita siempre ha aborrecido con toda su alma, se podía encontrar de todo lo que uno necesitara, y además era un centro de reunión para todos los habitantes del poblado. Teníamos una radio siempre con música y a ciertas horas del día, sobre todo en la tarde, se reunían muchas personas para oír todos juntos las novelas, recuerdo que una de las estaciones de radio que oíamos casi en exclusividad era Radio Rumbos. 

Mi tío leyendo el periódico y yo aprendiendo a bordar.


















































A los pocos meses de vivir en el barracón del que ya he hablado en mis relatos anteriores, terminaron de construir el 'Centro Poblado' que tenía tres calles con casas rurales, muy pequeñitas, pero a mi me parecían muy simpáticas, tenían tres dormitorios, recibo, cocina y baño.  A una de esas casitas nos trasladamos a vivir nosotros. Papá construyó a continuación de la casa un local para la 'bodeguita' y a la radio se le unió ahora también un televisor, pues a pesar de que el poblado no contaba con luz eléctrica, nosotros teníamos una planta que generaba electricidad para nuestra casa, así en las noches, más que una casa de familia parecía un cine, venían muchas personas a ver la televisión y a mi me encantaba colocar sillas y más sillas para que se sentaran, según iban llegando.  Como la cocina de la casa era pequeñita, papá había construido en la parte de atrás de la 'bodeguita' un cuarto grande que nos servía de cocina, comedor, sala de estar y lavandero… allí teníamos la televisión y allí funcionaba nuestra 'sala de cine' en las noches… ¡Era tan entrañable y bonito compartir todos juntos!… ¡Sí Traslita, fue una etapa de nuestras vidas muy hermosa sin lugar a dudas!!!

Nuestra casita, además de "centro comercial" con 'cine' incluido, era también una especie de ambulatorio médico de primeros auxilios, nuestra camioneta Pick Up muchas veces sirvió de ambulancia para trasladar a los enfermos hasta el hospital de San Carlos, y alguna que otra vez para atender casos mucho más tristes aún.  No podré olvidar jamás mi infinita tristeza al contemplar a papá, a mamá y a mi hermano toda una noche haciendo una 'urnita funeraria' de madera que después pintaron de blanco, para un niño que había muerto en nuestro pequeño y aislado poblado en medio de la selva, sus padres muy pobres no tenían para comprarle una y ellos pasaron toda la noche en los preparativos de la misma, para llevarlo al siguiente día a enterrarlo en la capital del estado, San Carlos. 

Todo en El Estero empezó con mucha ilusión, las parcelas agrícolas, la escuela, el dispensario (centro médico, aunque funcionara sólo con una enfermera)... pero al cabo de un año ya los campesinos, en su mayoría analfabetas, habían sido abandonados a su suerte, o mejor dicho, y lo que es todavía peor, abandonados al "asesoramiento" de personas inescrupulosas, que comenzaron a manipularlos y a explotarlos de forma obscena.  Los campesinos recibían semillas, abonos, insecticidas, créditos, y los asesores agrarios del llamado Instituto Agrario Nacional, se encargaban de desviar todo esto y negociarlo después a sus espaldas.  Les dejaban sólo una pequeña cantidad de dinero del crédito en efectivo, para sobrevivir con sus familias, pero el importe total del crédito, de semillas, de abonos, de insecticidas y pesticidas para los cultivos se iba acumulando como una deuda a nombre de ellos en el Banco Agrícola y Pecuario. Recuerdo haber oído una vez una conversación que no lograba entender por mi corta edad, pero que se quedó grabada en mi memoria y en mi alma, y que pude entender con mucho dolor años después. Decían en dicha conversación, que los campesinos estaban ya endeudados hasta la tercera generación. Una infamia, que poco a poco fue llevando a un callejón sin salida la situación económica del campesinado venezolano y que sirvió de base para ir 'engordando' las fortunas de los pequeños terratenientes que se beneficiaban de todo lo que se iba desviando, mientras engordaba a su vez la deuda de estos seres humanos sencillos, nobles, humildes y trabajadores, quienes fueron conducidos en poco tiempo a la más absoluta miseria por estos ambiciosos traficantes de vidas. 

Al cabo de tres años nuestra linda escuelita cerró sus puertas, yo tuve que trasladarme a San Carlos, a vivir en la casa de unos amigos de mis padres, para así poder terminar mis estudios de educación primaria (un privilegio que no tuvieron mis demás compañeritos, no pudiendo culminar sus estudios, por no tener quien los hospedara).  El dispensario y la enfermera para ese entonces ya habían desaparecido también, junto con la esperanza de las familias que hasta allí habían llegado, con la promesa de un futuro mejor.  

Traslita siempre ha sido muy reacia a los "créditos" y eso, unido a que no era fácil 'engañar' a mis padres, ya que ellos no eran analfabetas y sabían lo que debían firmar o no, nos libró tal vez de caer en las garras de esos inmorales oportunistas. La mayoría de los campesinos eran analfabetas y colocaban sólo sus huellas digitales, cuando tenían que "firmar", donde les indicaban.

Así, nuestro amado Estero, fue sólo la fachada de algo que pudo haber sido muy hermoso, pero que fue concebido desde el principio -como sucedió en muchos otros lugares de Venezuela- y como quedó demostrado al pasar de los años, para acabar poco a poco con la independencia agropecuaria de nuestra bella Patria y con la dignidad de la mayoría de estos buenos y honrados trabajadores del campo venezolano.

Es así como fueron llevando poco a poco al campesinado venezolano a la más absoluta miseria, por falta de apoyo y asesoramiento, pero sobre todo por la vil usurpación y posterior tráfico inmoral de los recursos que les fueron asignados para el desarrollo agrícola y pecuario de sus hermosos y fructíferos campos.  Se trataba de un plan premeditado y muy bien concebido, que desarrollarían en toda su magnitud en los años venideros, a través también de la penetración cultural, que culminó la "obra" con el desmantelamiento de la mayoría de sus costumbres y de lo que había significado hasta entonces, la verdadera, valiosa, hermosa y única...

¡idiosincracia venezolana!

lunes, 5 de enero de 2015

¡Traslita y Andresín...!

Traslita a sus dieciocho años y Andresín a sus veintidós, parecían más los protagonistas de una película mexicana de los posteriores años 50' que unos jóvenes campesinos, pobres y sin 'futuro' de un pueblito de montaña olvidado en una isla minúscula en medio del océano Atlántico.  Muy guapos, alegres y divertidos les encantaba cantar y bailar, y aunque ya a tan temprana edad habían tenido tiempo de enamorarse alguna vez y de haber sufrido algún desengaño amoroso, esto no les impedía seguir confiando en el amor y en la vida.  Así, jóvenes e ilusionados, se encontraron, se enamoraron y comenzaron a caminar juntos por los senderos y caminitos que los llevarían unos pocos años después a formar una familia... ¡Nuestra Familia!

Traslita y Andresín en una de las tantas comparsas que los jóvenes del pueblo improvisaban para alegrar sus fiestas y sus días... Traslita y Andresín son los primeros a la izquierda.

Traslita, mi mamá, una gran protectora de la vida!... ¡Una filósofa!

Traslita siempre ha sido esencialmente, genuinamente canaria, pero no conozco ninguna persona extranjera que haya entendido y amado tan profundamente a Venezuela como ella.  Su amor es tan puro y auténtico que le es imposible hablar de Venezuela sin que la emoción entrecorte sus palabras y las lágrimas afloren a sus ojos. Ama y disfruta la comida venezolana como nadie, aunque en casa siempre se siguió cocinando 'canario', con algunas excepciones, por ejemplo el mejor dulce de lechoza que he comido en mi vida es el de Traslita.  Amó la música venezolana y sus bailes hasta la locura, inclusive aprendió a bailar muy bien, pero siempre con ritmo 'canario' jajajajaja.
Recorrió en infinidad de oportunidades su hermosa geografía, admiró y disfrutó cada rincón que visitaba con verdadera pasión, respetó y adoptó sus costumbres y tradiciones y a su gente simplemente la adoró... ¡realmente los ama!!!
Si hay algo de lo que siempre le estaré agradecida a mi mamá Traslita, entre tantas y tantas otras cosas, es que siempre vivimos en Venezuela como unos venezolanos más, jamás me sentí una extranjera, pero a la vez sin dejar de ser canaria, las personas que me conocen saben que eso es así... ¿cómo lo logró Traslita? para mi sigue siendo un misterio, algo mágico.  

Mamá nunca perdía ocasión para impartirme desde muy niña las enseñanzas que ella consideraba que me iban a ayudar a crecer como un ser integral, trabajador, consciente y responsable, por lo cuál me contaba historias que la ayudarían en ese sentido, casi siempre las historias que me contaba eran de personas de Puntagorda, su pueblito natal en Canarias, entre ellas estaba una que se refería a su maestra Doña Angeles.

Doña Angeles fue la maestra de mamá y también mi maestra en primer y segundo grado, pues después viajé a Venezuela.

Nuestra maestra Doña Angeles pertenecía a una de las dos familias ricas de nuestro pueblito y estaba casada con Don Ciro, perteneciente a la otra familia rica del pueblo, por lo tanto su situación económica era más que holgada. Traslita trabajó mucho con ellos, ganando jornal en los diferentes cultivos de sus terrenos, por lo cuál tuvo la oportunidad de compartir muchos momentos de su vida cotidiana. El matrimonio tenía dos hijas que cuando llegaron a ser ya unas señoritas, según me cuenta Traslita, Doña Angeles las obligaba a realizar algunas labores al lado de la sirvienta, que como personas ricas que eran, siempre tenían para ayudar en los trabajos domésticos.  La gente del pueblo, que tenía la opinión generalizada de que Doña Angeles era una persona muy estricta y un tanto dura, la criticaba mucho por este motivo, hasta el extremo de que un día una vecina se atrevió a decirle: "Doña Angeles la están criticando mucho en el pueblo porque usted obliga a sus hijas a realizar trabajos al lado de la sirvienta, comentan que ellas van a tener, como usted, una sirvienta el día que se casen, pues se van a casar también con un hombre rico", a lo que ella contestó: "Eso de que se van a casar con un hombre rico nadie me lo puede asegurar, por lo cuál deben saber realizar las labores y suponiendo que así sea, y se casen con un hombre rico, ellas tienen que saber como se hacen las cosas para poder dirigir a la sirvienta."

Los pocos estudios de Traslita, tres años nada más de educación primaria, no le impidieron nunca tener una claridad envidiable sobre las cosas que la rodeaban, una privilegiada filosofía para captar siempre lo esencial de la vida y una pasión contagiosa por transmitir a los demás sus conocimientos, primero con su ejemplo y después con ese amor verdadero que siempre pone en todo y que yo creo con mucho orgullo haber heredado de ella.
Otra cualidad que me gustaría destacar de mamá Traslita, es que al ser muy austera para todo, siempre ha tratado de vivir con lo esencial y aprovechando todo, nunca pudo por ejemplo botar un envase de vidrio, de esos que vienen con 'cosas'... siempre encontraba algo para poner dentro!.. ¡Gracias Mamá!!!

Andresín, mi papá, un gran amante de la vida!... el amigo 'alcahuete' que todos quisieran tener como papá... ¡Mi pigmalión político!!!

Andresín... ¡innumerables sus intereses y aficiones! una de la más acentuada, o tal vez la que más me gustaba era la de los 'paseos', entre todos los que dábamos los domingos el que recuerdo con más intensidad de los años de mi infancia, fue la visita al Parque de Carabobo, ese glorioso lugar histórico donde se libró la batalla que selló la Independencia de nuestra amada Venezuela.  Con papá era una delicia visitar lugares porque te daba detalles de todo, ya se tratara de un río, pues te explicaba donde nacía y donde se unía a otro, de un pueblito o de sitios históricos. Con Traslita la 'delicia' consistía en que con ella siempre se iba de pic nic, aunque se tratara en este caso del Campo de Carabobo.  A Traslita nunca le gustaba comer 'fuera de casa' y eso no tenía que ver con el ahorro, sino con el comer sano, así nuestra visita de ese domingo al Campo de Carabobo incluía tortilla de papas y frutas. Mi gatita 'Michunga' no se quedaba en la casa nunca, así que iba en mis brazos durante todo el recorrido por el lugar, de repente me empezó a arañar para que la soltara y al soltarla entendimos el por qué de tanta desesperación... ¡la gatita tenía diarrea! Traslita enseguida limpió todo en la caminería por donde íbamos y le hizo un 'guayuco' con su pañuelito canario bordado en seda y que siempre llevaba en el bolsillo, aún hoy a sus 90 años jamás la he visto usar pañuelos desechables, como tampoco me dejó nunca usar pañales desechables para mis hijos, se compraron tres docenas de pañales de tela preciosos y suaves 'Ovejita' que se lavaban y planchaban todos los días. ¡Así es Traslita una ecologista y naturista auténtica!...

Papá se ocupaba de otras cosas en nuestra formación, pero sin imponer tampoco nunca nada, estoy convencida de que mi desmedido 'libre albedrío' así como el de mi hermano, se deben a la forma en que nos educaron mamá y papá, simplemente se limitaban a indicarnos y a hacernos 'saber' cosas.  Fue así como al lado de papá Andresín, crecimos oyendo Radio Habana Cuba -había triunfado hacía muy poco tiempo la Revolución Cubana- y aquellos discursos interminables de Fidel, aunque era muy niña entonces, me gustaban. Captaba tanta pasión, dignidad, fuerza, decisión y patriotismo en lo que oía que, aunque no entendiera exactamente el significado de cada palabra, sentía que algo muy bonito 'florecía' en mi pequeño Ser y me inundaba de optimismo y de ganas de Vivir... ¡Gracias Papá!!!

¡Gracias mamá Traslita... Gracias papá Andresín por haberme ayudado a ser lo que soy hoy... una persona llena de defectos seguramente, pues como dice mi amado maestro Eduardo Galeano "La perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses" pero que ama y vive intensamente, que ama y es amada con locura por sus padres, por su hermano, por sus hijos, por sus nietos y por sus amados amiguitos del alma.


domingo, 4 de enero de 2015

¡Sabanas de mi cariño!!!



No se si eran las comidas tan 'canarias' de Traslita, o las canciones en la acordeón de papá que tanto me recordaban a las que yo oía desde muy niña en mi pueblito, o el fogón de doña María, aquella viejita que vivía sola en un ranchito de bahareque, donde yo iba todos los días a comprar aquellas deliciosas arepas de maíz amarillo 'pelao' recién salidas del budare, que colocado sobre sus tres piedras en el suelo y frente al cual ella se agachaba en 'cuclillas' me recordaba tanto el fogón de abuela Lola en nuestro pajerito, o si tal vez tendría mucho que ver aquel clima tan agradable de eterna primavera que se parecía tanto al de mi lejana Puntagorda… el caso es que yo no me sentía en un lugar extraño y lejano, a pesar de haber navegado durante nueve días en el océano Atlántico hasta llegar a Venezuela. 

¡Todo en Aguirre, con algunas excepciones, me recordaba a mi amada Puntagorda!  

Aún no habíamos cumplido un año viviendo en Aguirre cuando mis padres decidieron que nos íbamos a mudar para San Carlos, en el estado Cojedes… ¡Llano adentro!

¡Esta si es mi Venezuela! me dije, y desde lo más profundo de mi alma se desbordó esta pasión que no me ha abandonado nunca desde que divisé por primera vez aquellas inmensas llanuras, aquellos caudalosos ríos, aquellas embrujadoras sabanas... ¡Sabanas de mi cariño, de mi cariño sabanas!!!



Creo que no es una casualidad que la música llanera sea la más representativa de Venezuela, el Alma Llanera el segundo Himno Nacional y el Joropo su Baile Nacional.  El llano venezolano es mágico, con sus paisajes de ensueño, con su gente bondadosa, sencilla, alegre, divertida, ocurrente, agradable, hospitalaria y generosa… con sus leyendas de espantos y aparecidos.

El Silbón - Leyenda Venezolana:



Desde el primer momento sentí que pertenecía a este maravilloso pueblo, me envolvió por completo aquella magia con la que tanto había soñado, si, ahora si había llegado a 'mi Venezuela', la de los cuentos, la de mis fantasías de niña.

En San Carlos vivimos unos cuantos meses, para luego adentrarnos aún más en la llanura inmensa de aquellos maravillosos territorios, así, aún sin finalizar mi tercer grado de educación primaria nos mudamos al Asentamiento Campesino "El Estero".  Por aquellos años se encontraba en pleno desarrollo la llamada 'Reforma Agraria' y estaban repartiendo tierras a quién quisiera cultivarlas, y mis padres siempre emprendedores y trabajadores, decidieron aceptar una parcela en aquel lugar mágico de selva virgen. Era un lugar bellísimo, no habían construido todavía las casas en lo que sería luego el Centro Poblado, así que los que no querían ir a vivir en la parcela de terreno que les había sido asignada y donde existía un galpón de cinz, vivirían en una especie de barracón de bambú y cinz, cerca del lugar donde se iba a construir el Centro Poblado.  Allí nos instalamos nosotros. Cada familia tenía en ese inmenso barracón una habitación amplia donde se desarrollaban todas las actividades familiares. Papá, como siempre muy creativo, hizo unas divisiones con cartón piedra para que cada uno de nosotros tuviera su 'habitación', en ella sólo cabía la camita y en una esquina una cuerda que hacía las veces de armario para colgar nuestra ropa. 

Cuanto me gustaba cuando mamá nos planchaba la ropa, con aquella plancha de gasolina que se le echaba aire con una bomba... ¡era de lo más simpática la plancha!... tenía un depósito redondo en la parte de atrás donde se le colocaba la gasolina, éste tenía una válvula en la parte superior por donde se le echaba aire con una bombita parecida a la de inflar las ruedas de las bicicletas, pero más pequeñita, cuando la llama se le iba aminorando había que echarle aire de nuevo, un trabajo que me encantaba y que mamá, siempre dispuesta a enseñarme todo lo que yo quisiera aprender me dejaba hacer. Después me iba con mi ropa recién planchada a colgarla de la cuerdita en mi 'habitación'… me sentía de verdad una princesita en un cuento de hadas. 


Muy cerca del barracón había baños comunitarios, con varias duchas y un gran depósito de agua en el techo.  Yo, que venía de un lugar donde escaseaba el agua, ver aquel inmenso tanque que muchas veces se rebosaba y empezaba a derramarse el agua era una maravilla, y bañarme en aquellas duchas todo un placer.  Muchas veces nos bañábamos varias niñas juntas y era impresionante el 'zaperoco' que formábamos y cuanto nos divertíamos.  También teníamos cerca una especie de supermercado, un pequeño ambulatorio médico, pero sólo con una enfermera, y una ¡Escuela!!!... que linda era, de bahareque hasta la mitad de la pared que estaba pintada de blanco y después un espacio libre hasta su techo para que fuera más fresca, teníamos hasta comedor escolar en ella.  Los niños que vivían en las parcelas tenían transporte escolar y todo, una Land Rover gris... a mi, que siempre me ha gustado disfrutar todo al máximo, me daba un poquito de envidia no vivir lejos para venir en ella. 
¡Que alegría y algarabía cuando se bajaban todos los niños del transporte escolar cual bandada de palomas!... como la canción que cantábamos: 

"Cual bandada de palomas que regresan al vergel, hoy volvemos a la escuela anhelantes del saber,
ellas vuelan tras del grano que las ha de sustentar
y nosotros tras la idea que es el grano intelectual"

jueves, 10 de abril de 2014

¡Una familia...nuestra familia!


Aguirre quedará para siempre en mi recuerdo y en mi corazón como los brazos amorosos de una madre cuando recibe a su hijito al nacer. Allí llegué desde la lejana Puntagorda, una niña ansiosa de volver a tener una familia… ¡y vaya que si la tuve! 

Mi papá tenía un bonito carro azul, en el cual todos los domingos nos íbamos a pasear para la Colonia de Chirgua, o para Montalbán. A mi hermano le habían comprado una bicicleta, y en ella íbamos  a la escuela, no me dejaban ir sentada en la parrilla porque me podía caer, o meter los pies en la rueda trasera, yo nunca podía estar quieta y esto preocupaba, tanto a mis padres como a mi hermano, que prefería llevarme sentada en el tubo y tenerme así un poquito más controlada… ¡que lío he sido siempre!  

Cuando mi hermano y yo llegamos a Aguirre, nuestros padres vivían como ya lo he contado en otro de mis relatos, en un galpón de bahareque en la hacienda de un terrateniente, mi papá era el encargado de los cultivos de papas, naranjas y mandarinas y mamá era la sirvienta en la 'Casa Grande' de la familia. La verdad es que siempre nos trataron de lo mejor, como parte de la familia, salvando las distancias, claro.
  

Nuestra vivienda era el galpón, pero todo el día lo pasábamos en la 'Casa Grande'. Allí, ya no sólo podía disfrutar de la radio todo lo que quisiera, sino que podía oír música en el Pick up con sus discos de vinilo de 33 (ó 33 1/3) R.P.M. y 45 R.P.M.  También podía ver la televisión, en blanco y negro por aquellos años. 

Los señores Castro, así era el apellido de la familia, tenían ocho hijos y todos los nombres de ellos comenzaban con la letra 'E'… Elaine era un año mayor que yo y Evelin un año menor, cuando no teníamos clases estábamos todo el tiempo jugando. Nuestro mejor momento era cuando jugábamos yaki o ludo, nuestros juegos preferidos, tomándonos una malta...
en nuestro lugar preferido: debajo del tanque del agua que estaba en la azotea, cuando llovía, para protegernos de la lluvia… era para nosotras lo máximo, cuando veíamos que iba a empezar a llover salíamos corriendo con el juego de yaki o de ludo y una botellita de malta cada una... para la azotea. 











También nos gustaba mucho en las tardes, ya anocheciendo, jugar béisbol con todos los demás hermanos de ellas, que ya habían regresado de Valencia con el transporte que los llevaba a estudiar en el liceo. Jugábamos en la carretera de tierra que pasaba por el frente de la hacienda, pues a esa hora no pasaban muchos carros. De ahí salíamos todos llenos de tierra directos para la ducha, Elaine, Evelin y yo nos bañábamos juntas y aquello era un escándalo tremendo, éramos un verdadero dolor de cabeza para todos en la casa, sobre todo para Eugenio, que tenía catorce años y no nos soportaba.  Pienso que antes de llegar yo, Elaine y Evelin debían haber sido unas niñas muy tranquilitas, pero no me siento mal cuando pienso en ello, todo lo contrario, además sus padres parecían contentos con mi presencia, me llevaban con ellos para todas partes y me compraban muchos regalos. Desde que nos fuimos de Aguirre no he vuelto a tener contacto con ellas. No sé si recuerdan esos meses que pasamos juntas y si se alegraron con mi llegada y con la pérdida de su 'tranquilidad'.

Un día sus hermanas, Elida de dieciséis años y Elina de diecisiete, nos llevaron a nosotras tres con ellas a una bodeguita para comprar algunas cosas.  La bodeguita estaba bastante lejos de la Casa Grande, muy cerca de la escuelita a la que asistíamos mi hermano y yo, pero nos fuimos caminando y cantando por la carretera de tierra, durante el trayecto me enseñaron una canción que yo no conocía: 'Mambrú se fue a la guerra'. Me encantó y me la aprendí enseguida, incorporándola de inmediato al 'repertorio' que ya traía de mi Puntagorda, y el cual estaban obligados a "disfrutar" todas las noches mamá, papá y mi hermano. 

En la bodeguita compramos, entre otras cosas, un paquete de galletas 'Maria' que nos fuimos comiendo durante el regreso a la Casa Grande... no las había probado nunca ¡que delicia!

Los paisanos de papá y mamá, los 'isleños' que vivían en Aguirre o en los pueblos cercanos, al saber que habíamos llegado de Canarias vinieron a visitarnos, y siempre cuando se despedían de nosotros, nos daban a mi hermano y a mi unos cuantos bolívares de regalo.  Mamá nos hizo una especie de alcancía con unas cajitas, una para mi hermano y otra para mí, allí fuimos guardando el dinero que nos regalaban.  Al día siguiente de probar las galletas Maria, mi alcancía comenzó a financiar, a escondidas de mamá y papá, los paquetes de galletas que yo compraba en la bodeguita y que me llevaba para la escuela para repartirlas entre mis compañeritos. Es ésta una cualidad muy acentuada en mi personalidad, cuando algo me gusta mucho quiero compartirlo con mis amigos, con las personas que están a mi alrededor... ¡como disfrutaba al comprar el paquete de galletas, del cual yo sólo comía tres o cuatro galletitas. Han pasado los años y esa niña que le gusta compartir todo lo que tiene, sigue acompañándome donde quiera que voy… ¡la amo!!!

Cuando Traslita se vino a dar cuenta, en mi pequeña alcancía ya lo que quedaban eran unas cuantas monedas, al preguntarme donde estaba el dinero, le dije la verdad, otra de las cualidades que más me gusta de mi personalidad, decir siempre la verdad por muy terrible que esta sea, asumir las consecuencias de mis actos. Traslita nunca me regañaba de una forma brusca, sólo me decía que no estaba bien tal o cual cosa y después estaba triste varios días, ese era mi peor castigo, verla triste y saber que ella tenía razón.  A mi mamá nunca le han gustado las exageraciónes de ningún tipo, y gastarme todo el dinero que tenía en la alcancía en galletas, le parecía una exageración. Yo estaba de acuerdo con ella en que lo era, pero… ¡eran tan ricas las galletas y tan bonito compartirlas con mis amiguitos!

Después de unos meses mis padres dejaron de trabajar en la hacienda de los señores Castro y nos trasladamos a vivir a una casita de alquiler en el centro de Aguirre.  Tenía un enorme patio lleno de árboles, había aguacates, mandarinas, cambures, limones y muchas, muchas flores, a Traslita siempre le han gustado mucho las flores, llegó a tener en esa casita un jardín de dalias precioso.  Mi papá empezó entonces a trabajar como constructor de casas y realizaba también trabajos de carpintería, mamá por su parte, le lavaba la ropa a ¡catorce! 'isleños' que trabajaban en las siembras de tabaco que existían en la zona y realizaba trabajos de costura de todo lo que le encargaran. ¡Siempre ha sido tan trabajadora Traslita!!!... Cuando tenía trabajos de costura me sentaba a su lado para irme enseñando algunas 'cositas', cuánto le agradezco a mamá su paciencia y dedicación, aprendí, y aprendo todavía, tanto de ella. 

¡Ya tenía una familia y una vida feliz... lo que siempre había soñado!


En mi amado Aguirre di los primeros pasos hacia lo que se convertiría con el paso del tiempo en una pasión desbordada ¡Mi Amor por Venezuela!… Allí empecé a querer a su noble, sencilla, cariñosa y buena gente, allí pude ver por primera vez una quebrada de aguas cristalinas, con pececitos  y plantas acuáticas, que mi hermano y yo metíamos en una botella de vidrio de boca ancha, para llevarla después a la casa y tener así nuestra 'pecera', nos pasábamos horas tratando de agarrar los pececitos y buscando las plantitas que más nos gustaban...


En Aguirre pude saborear por primera vez las deliciosas frutas tropicales… las ricas mangas en la casa de doña María, nuestra vecina, los sabrosos 'manirotes' que íbamos a buscar, también con doña María, a las montañas llenas de plantaciones de café, que debajo de los inmensos árboles había en la vía hacia Canoabo… ¡cuantas quebradas teníamos que cruzar, chapoteando descalzos en sus aguas transparentes, hasta llegar a la casa donde vivían sus familiares!... nos íbamos tempranito y regresábamos en la tarde, pues era bastante lejos. 

Durante el recorrido comíamos manirotes...


sentados en el suelo y observando a las ardillas que correteaban y se trepaban a toda velocidad en los árboles delante de nosotros.  Yo veía las ardillas por primera vez en mi vida, me parecía imposible que fueran tan iguales a las que había visto dibujadas en los libros, no podía creer que su colita fuera de verdad así tan 'para arriba'  en forma de arabesco… era un encanto verlas como cogían con sus 'manitas' y con tanta delicadeza los trocitos de manirote que les dábamos y después para comérselos se sentaban en sus patitas traseras... 
masticaban tan rápido como los conejitos de abuela Lola… ¡que magia!














Muchos años después, en el Parque del Retiro en Madrid pude compartir de nuevo muchas tardes con las ardillitas, darles de comer, recordar mi infancia y mi amado Aguirre. 

martes, 8 de abril de 2014

Un verdadero Paraíso Terrenal…


esperaba mi llegada a Venezuela… desde mucho antes de pisar tierra firme, desde el mar, la noche en que llegó el barco a La Guaira, tuve la sensación de que me iba a gustar todo. Jamás olvidaré la magia que me embargó cuando, desde la cubierta del barco pude ver las lucesitas en los cerros, creí estar ante un Belén gigantesco y que al bajar del barco, en algún lugar me iba a encontrar al Niño Jesús en el portal, a la Virgen María, a San José y hasta a los pastorcitos con sus ovejitas.

¡Que emoción sentí al día siguiente cuando el coche… no, no, me corrigió papá, aquí se llama carro… bueno, cuando el carro comenzó a recorrer las calles de La Guaira!… que lindo me parecía todo. Una de las cosas que llamó poderosamente mi atención fue ver de cerca a las personas de color negro por primera vez, me gustaron tanto que quería dejar los brazos de papá, de los que no me había despegado ni un segundo, para correr a abrazarlas. ¡Que bonitos y simpáticos eran! con esos dientes tan 'blanquitos'… su cabello risadito… -aquí se dice 'churrusco' me dijo papá-… su piel me parecía que brillaba, su caminar erguido y rítmico, aún hoy, después de tantos años no puedo evitar quedarme embelesada mirándolos. Sencillamente me parecen hermosos. Algunos años después y ya viviendo en el Asentamiento Campesino de "El Estero", en el estado Cojedes, cuando cursé cuarto y quinto grado de educación primaria, tuve por fin la alegría de tener un maestro negro, mi querido maestro Zerpa, lo adoraba, ahora podía observar y disfrutar de cerca todos los días, lo que para mi era la máxima expresión de la belleza humana. Siempre impecable, el maestro Zerpa llegaba al salón de clases cada mañana y cada tarde, teníamos dos turnos, 'bañadito' con agua y… ¡colonia!… con su ropa casi siempre de color blanco planchadita, cuando caminaba podías oír el ruido que hacía la tela almidonada.  ¡Que bello y elegante me parecía! era además una persona muy culta, sensible y espiritual, sus enseñanzas salían directamente desde su alma y llegaban a las nuestras sin ningún esfuerzo ni obstáculo. Todos los jueves nos llevaba a la selva, que estaba al lado de la escuelita, para realizar la clase de botánica, se sentaba en el suelo con nosotros y empezaba la clase: ¡búsquenme una hoja alterna, y ahora una hoja lanceolada… y allá corríamos todos a buscar lo que nos pedía y que nos había explicado teóricamente en el aula de clases… ¡Amado, amado e inolvidable maestro Zerpa!!! A él le debo esa parte tan apasionante de mi vida que lleva por nombre ¡Grecia! 

Mi amado maestro Zerpa "coronándome" como Reina del Carnaval de nuestra Escuelita Rural Nº 123 en El Estero.

El maestro Zerpa cuando nos hablaba en la clase de Historia Universal de las civilizaciones antiguas, siempre lo hacía con la pasión que lo caracterizaba, pero el día que nos habló de Grecia lo hizo de una forma muy especial, sus ojos tenían un brillo que podrías decir que estaba a punto de llorar de la emoción, nos hablaba de la belleza de esa civilización y de lo importante que había sido para la cultura occidental.  Nosotros teníamos la costumbre, sobre todo las niñas, de colorear los bordes de la página del cuaderno donde tomábamos los apuntes, ese día la página de mi cuaderno con el tema 'GRECIA' se desbordó de color e imaginación, recuerdo que le hice unos arabescos preciosos y con todos los colores del arco iris.


Pasó el tiempo y a mis 15 años recién cumplidos una de mis amigas y compañera en el Instituto de Comercio donde estudiaba me dijo que tenía un nuevo pretendiente y que era griego, inmediatamente le dije que lo quería conocer, ser griego para mí era sinónimo de sabio, de filósofo… a los pocos días mi querida amiga se había quedado sin pretendiente, y yo, antes de cumplir los 20 años me encontraba aterrizando en el aeropuerto de Atenas convertida en la 'ilusionada' señora de Douros.  Pero esa historia en su momento, ahora volvamos a mis 8 añitos y a mi desembarco en ese Paraíso llamado Venezuela.  

Me gustó muchísimo, desde el primer día, la comida venezolana ¡que rica!… allí mismo, en La Guaira, fuimos a almorzar a un restaurante criollo. Gracias papá por adorar, tanto la comida canaria como la criollita… y por esa capacidad tuya de amar con la misma intensidad lo que ya se tiene, como lo que llega nuevo a nuestras vidas, cualidad que he heredado de ti y que tanta felicidad me ha proporcionado a lo largo de mi vida. 


El viaje de La Guaira hasta Aguirre es largo, así que nos detuvimos muchas veces a lo largo de la carretera, para 'echar' gasolina al 'carro' en las 'bombas de gasolina' y tomarnos algo en la 'Fuentes de Soda' que siempre las acompañan. Yo iba aprendiendo el nuevo vocabulario con la misma velocidad que mi papá me lo iba enseñando… ¡con algunas excepciones!… En una de esas 'Fuentes de Soda' había una cosa que llamó mucho mi atención y me fui directamente hacia ella, mi papá que se había convertido en un verdadero guía turístico para mi, me siguió y me dijo que era una Rockola, le metió una monedita y aquella gran 'caja' movió un 'bracito' tomó lo que papá me dijo que se llamaba un disco, lo colocó en el centro y comenzó inmediatamente a sonar a todo volumen una ranchera, la música preferida de mi papá.  ¡Que preciosa y mágica me pareció la Ronkola!… ¡no se dice 'Ronkola' me corrigió papá, se dice Rockola!… pero a mí me llevó su tiempo quitarle la 'n' a la Rockola. Algo parecido me sucedió con las caraotas negras, a las que bauticé como 'carabotas', las adoré desde el primer día que las probé, y le pedía a mi mamá a cada rato que preparara 'carabotas' negras… yo no se de donde salía siempre con tanta velocidad mi papá para decirme: ¡no se dice carabotas, se dice caraotas!

Los mangos sencillamente me volvieron loca ¡ese si que era un fruto digno del Paraíso Terrenal! se me antojó que tenían un tenue sabor a resina… la resina de mi ya lejano bosque de pinos de "El Fayal" en Puntagorda.  Creo que los mangos se convirtieron para mi en un vínculo secreto con mi pueblito, con la abuela Lola, con mi pequeña islita que había dejado atrás.

Y llegó el día en que probé ¡las arepas!… desde ese día pienso que es el desayuno mas rico del mundo, aunque me gustan a cualquier hora, no hay viaje que realice cuando estoy en Venezuela, que no me pare en cuanta arepera encuentre en el camino para comerme mi arepita a orilla de carretera.


Se me olvidó contarles que al llegar a nuestro destino, el precioso pueblito de Aguirre en el estado Carabobo, me fijé en unos letreros que colgaban de algunos postes del alumbrado eléctrico, en ellos se podía leer 'vota' por… ¡pero si la palabra correcta es 'bota'! decía yo, que venía de un país donde la palabra 'vota' era desconocida y donde el vacío que había dejado ese verbo era 'llenado' todas las mañanas, al llegar a la escuelita, por nuestros bracitos levantados al estilo nazi y cantando desde nuestra más tierna edad el "Cara al sol"…  himno fascista de la Falange española… y lo de 'fascista' no lo digo yo, lo dice Wikipedia: "Falange Española (FE) fue un partido político español, de ideología fascista."

**Esta entrada la dedico con mucho amor a mis dos amiguitos del alma Aurora Liscano ¡mi querida Dora! y a Ronald Amado ¡mi amado Ronald! Sin el amor de ellos no habría retomado estos pequeños relatos que tanto les gustan. ¡Los amo amiguitos!!!

domingo, 19 de agosto de 2012

"Moral y Luces son nuestras primeras necesidades"


Me 'enamoré' desde el primer día de este letrero que adornaba la entrada de nuestra escuelita nacional "Tamaré"... en realidad no sabía muy bien lo que significaban aquellas palabras, pero intuía que era algo bonito y muy importante... fue después de algunos años cuando tuve plena conciencia de lo que significaban y según han ido transcurriendo el tiempo y los acontecimientos, se ha afianzado en mí la creencia de que nuestro padre Simón Bolívar no escogió al azar el órden en el que colocó esas dos palabras, sino que sabía muy bien que sin moral las luces tienen muy poco que aportar a la causa de la humanidad.

Creo que los sentimientos de Libertad, Hermandad, Igualdad y Justicia nacieron conmigo, pero fue en mi nueva Patria, a tan corta edad y bajo el ideario de nuestro Libertador Simón Bolívar cuando comenzaron a desarrollarse dentro de mí como algo por lo que había que luchar...


Así comenzó mi ¡Caminar Bolivariano!... amando de una forma desmedida -como siempre lo hago, no sé amar de otra manera- a Simón Bolívar y sus enseñanzas... al año de haber llegado a Venezuela y viviendo ya en San Carlos en mi querido estado Cojedes me encontró Traslita llorando desconsoladamente, pues había leído en el libro de historia de mi hermano, la última proclama del Libertador Simón Bolívar en su lecho de muerte...


"A los pueblos de Colombia
Colombianos
Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiábais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono.
Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la Unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales.
Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro.

Hacienda de San Pedro, en Santa Marta, a 10 de diciembre de 1830.
Simón Bolívar"


*(Colombia: Su superficie correspondía entonces a los territorios de las actuales repúblicas de Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela) 

¡Estos ideales sublimes y nuevos para mí, que siempre había sido una niña soñadora y muy libre me causaban mucha emoción y entusiasmo... desde entonces la idea de un mundo donde la libertad, la igualdad, la hermandad y la justicia sean nuestras únicas leyes ha sido mi credo, mi religión... mi vida!

lunes, 23 de julio de 2012

"Escuela Nacional Tamaré"



Llegamos a Venezuela en el mes de septiembre y comenzamos a asistir a la escuela inmediatamente.  Nuestra escuelita la "Escuela Nacional Tamaré" era muy sencilla y bonita rodeada de grandes jardines naturales, con muchos árboles y huertos escolares que se hacían alrededor de sus inmensos troncos, allí se sembraban tomates, pimentones, zanahorias, remolachas, berenjenas y algunas flores, los alumnos nos encargábamos de regar los huertos todos los días, se habían formado 'comisiones' y cada una tenía su misión, nos íbamos turnando cada semana, así todos teníamos la oportunidad de aprender a realizar todas las actividades.  A mí me encantaba regar los huertos y quitarle la hierba a los cultivos, pero aunque no me gustara mucho, a la semana siguiente me tocaba estar en la comisión de limpieza del salón de clases, la cual realizábamos de la siguiente manera: esparcíamos por todo el piso que era de cemento, aserrín húmedo para no levantar mucho polvo y después se iba barriendo poco a poco, otros niños se encargaban de pasar el 'coleto' y otros de 'encerar' el piso, lo que se hacía con velas que se derretían en un recipiente y se le agregaba después un poquito de kerosene, todo esto siempre bajo la dirección y la ayuda del maestro de guardia.  Después de 'encerar', había que sacarle brillo al piso... sobre un trapo grande, nos sentábamos dos niños y otros dos niños lo iban arrastrando, así hasta que quedaba el piso como un "espejo" ¡brillante!... que trucos más lindos y ecológicos existían cuando no había tanto "progreso".


Pasaban los días y nuestra vida era de verdad un bello sueño, disfrutábamos al máximo la 'Mansión' durante el día y en la noche, después de cenar y ver la televisión un rato, nos íbamos a nuestro 'galpón-refugio'... allí cada uno se dedicaba a su labor, todo era bullicio y actividad, teníamos una radio muy grande y bonita, el sonido de la radio se mezclaba con el ruido de la máquina de coser de mamá, la sierra de carpintería de papá y el 'click' 'clack' de las teclas de mi máquina de escribir, el único que nunca hacía ruido era mi hermano que siempre estaba estudiando o ayudando en silencio a papá. 


Sólo un pequeño detalle ensombrecía mi inmensa felicidad... mis rubios rizos, pero sobre todo aquella forma de hablar tan peculiar de los "canarios", delataban que no era venezolana, los niños en la escuela nos empezaron a llamar "los musiuítos"... aunque no sabía exactamente lo que significaba aquella palabra - me han contado que posiblemente proviene de la palabra francesa 'monsieur'- a mí me molestaba, y más me molestó cuando me dijeron que lo usaban para referirse a los que no eran venezolanos. Después de una semana tomé la decisión de poner fin a lo que impedía 'mi completa felicidad'... y empecé a decirle a todos mis compañeritos que el que era "musiuíto" era mi hermano, que yo era venezolana... así yo empecé a ser 'María Nieves' y mi hermano continuó siendo "el musiuíto". Nunca le conté a mi hermano lo que había hecho, pero no creo que le hubiera importado, en primer lugar porque siempre me ha consentido mucho y en segundo lugar porque él nunca le ha dado importancia a estos pequeños detalles, a este tipo de divisiones, a las... "fronteras", como tampoco le ha importado nunca lo que digan y piensen de él.


Siendo una niña completamente feliz llegaron las festividades navideñas y con ellas un sin fin de emociones nuevas, de costumbres nuevas...  el inmenso "nacimiento" en la 'Mansión' fue una de ellas, ocupaba toda una pared en el gran salón, nosotros ayudamos en todo, 'sembramos' lentejas sobre algodón, las colocamos en un lugar oscuro y cuando germinaron y empezaron a tomar el color verde las colocamos en el nacimiento fingiendo huertas de cultivos, pintamos grandes papeles con pintura marrón y verde, después lo arrugamos y lo volvimos a estirar un poco para formar las montañas colocando debajo de él cajas de diferentes tamaños, construímos casitas de cartón, hicimos grandes lagos con papel azul colocado debajo de cristales, hicimos cascadas con papel aluminio y no se cuantas cosas más que nos llenaban de júbilo a todos en la gran casa. 


En nuestra escuelita además del nacimiento y el arbolito de navidad realizamos un bellísimo acto cultural... 


Cuanto me gustó el baile de los...


¡Chimichimitos!



las representaciones de...

¡"La Burriquita"!



¡"El Pájaro Guarandol"!


¡"El Carite"!

Recuerdo que lo que más me impresionaba era tanta alegría y color.

Después llegó la primavera y con ella un acontecimiento que no olvidaré jamás... en el jardín de nuestra escuelita uno de los árboles empezó a llenarse de flores y en pocos días no tenía ya ni una sóla hoja, todo eran flores amarillas... el maestro Romero nos dijo entonces que dibujáramos, para colocar nuestros dibujos en la Cartelera, 


al... ¡Araguaney!








jueves, 19 de julio de 2012

¡Una verdadera familia!



Allí estaban nuestros queridos padres... con los brazos abiertos y las lagrimas corriéndoles por sus mejillas... nosotros, que junto al oficial del barco veníamos a su encuentro de repente nos quedamos paralizados, mi hermano estaba muy colorado y en silencio como siempre y yo con la boca abierta sin poder decir una palabra ante la imagen de papá... es posible que en lo más profundo de mi alma me hubiese asaltado alguna vez la duda de que papá existiese de verdad y que estuviera en Venezuela , quizás en algún momento llegue a pensar que nuestra vecina en el pueblito tenía razón y que yo no tenía papá, lo cierto es que al ver a papá al lado de mamá... sentir la mano de mi hermano en la mía y tener la certeza de que sólo un paso nos separaba para estar los cuatro juntos otra vez como una verdadera familia eran demasiadas emociones para la niña sensible que yo era... las piernas me temblaban y perdí la noción del tiempo... de pronto sentí los brazos protectores de mamá que para estar a mi altura se había arrodillado delante de mí y me abrazaba, después fue papá el que como si de una plumita se tratara me alzó en sus brazos y yo me aferré a él temiendo que alguien pudiera deshacer aquel sortilegio...


retiramos de la aduana nuestra maleta y emprendimos el viaje hacia nuestro nuevo destino...
¡Aguirre!


Aguirre es un pintoresco pueblito del estado Carabobo, cerca de Montalbán, de Bejuma y de Canoabo, pueblos bellísimos y de tierras muy fértiles, con un clima agradable y gente maravillosa. Nuestra llegada a él no podía tener mejor escenario... en la noche de aquel mágico día llegamos a la 'mansión' de un hacendado 'canario-cubano-venezolano' bastante adinerado "Don Venancio", su mujer Doña Marta, una auténtica dama y sus ocho hijos que tenían la particularidad de que todos sus nombres empezaban con la letra "E"... ¡eran de verdad un encanto!...

nos recibieron como parte de su familia y mi hermano y yo, que gracias a tía Adelaida parecíamos unos 'principitos' no desentonábamos para nada en aquel ambiente de verdadero lujo.



Mamá y papá trabajaban en la hacienda, papá era el encargado de los cultivos de la finca (papas, naranjas y mandarinas) y mamá ayudaba a Doña Marta en las labores del hogar.

Jamás dejaré de agradecerle a la vida el echo de haber mantenido mi paso por este mundo en un equilibrio de sencillez y humildad, no es fácil cuando se te presentan momentos -y yo he tenido muchos- en los cuales puedes dar rienda suelta a tu orgullo y a tu vanidad, parece ser que los seres humanos somos muy débiles y se necesita tener 'suerte' para mantener ese equilibrio... así que ¡gracias a la vida!... fuimos recibidos en la 'mansión' de la finca, pero no viviríamos allí...

nuestra casa era un 'galpón' que estaba cerca de la señorial casa, contaba con un sólo ambiente, pero las siempre creadoras manos de papá pronto lo convirtieron por dentro en una simpática y acogedora... 'casita'. 

Con un material llamado cartón piedra papá hizo divisiones para nuestros cuartos y todo el espacio que sobró lo dejó así... ¡un sólo ambiente!...
En una parte de ese espacio instalamos una especie de cocinita para lo esencial, ya que comíamos en la 'mansión' con los dueños de la finca y sus hijos, en otro sitio se instaló papá con sus herramientas y su mesa de carpintería, mamá con su máquina de cocer y su costura al lado de papá, mi hermano con su mesita y sus libros escolares un poco más allá y yo, que aunque también tenía mi mesita, mis obligaciones escolares y mis muñecas, la mayor parte del tiempo 'hogareño' me lo pasaba sentada delante de... ¡la máquina de escribir!



sí, aunque parezca increíble... cuando llegué a Venezuela y a nuestro 'galpón' papá tenía a mi completa disposición ¡una máquina de escribir!... parecida a aquellas que yo tanto admiraba allá, en el ya lejano Tenerife y en aquella majestuosa compañía naviera donde trabajaba -limpiando las oficinas- la tía Adelaida.   



Así era mi carroza de 'cenicienta' la que me llevó desde el puerto de La Guaira hasta las puertas de este cuento de hadas que continúa hasta el día de hoy!

martes, 17 de julio de 2012

A través de mis ojos...






de niña soñadora, pude ver por primera vez a mi querida Venezuela desde la cubierta del 'Montserrat'... era de noche y nos llamaron para que viéramos a lo lejos las luces de nuestro añorado destino. Desembarcaríamos por la mañana y durante toda la noche no pude dormir... soñaba despierta con aquellas lucesitas en las montañas... detrás de ellas estaban nuestros padres, que ya vendrían en camino hacia nuestro encuentro, mi emoción era indescriptible, estaríamos de nuevo con mamá y... ¡con papá!... podría tocarlo y comprobar que no le había mentido a la vecina de nuestro pueblito... ¡tenía papá y estaba en Venezuela!


Por la mañana todo era algarabía y felicidad en el barco, sólo que para nosotros se vio empañada de repente por un imprevisto acontecimiento... papá y mamá no estaban en el muelle del puerto de La Guaira, habían tenido un pequeño accidente: al 'carro' en el que viajaban (un Ford último modelo con unas impresionantes alas en la parte de atrás) perteneciente a un amigo que se había ofrecido para acompañarlos, se le dañó una rueda y no pudieron llegar a tiempo para recibirnos...


Doña Amelia, una dulce y entrañable mujer que viajaba con su hijo y su nuera a reunirse también con sus familiares en Venezuela, los cuales eran amigos de mamá y papá, se había encargado de cuidarnos durante el viaje a petición de nuestros padres, cuando vio que las autoridades del barco no nos dejaban bajar con ella, comenzó a llorar y a suplicarles, pero todo era en vano, se negaban rotundamente y le explicaban que los únicos responsables de nosotros eran ellos, que su deber era entregarnos a nuestros padres y que si ellos no se presentaban, nos llevarían a un campamento, donde podrían ir a buscarnos después... otra vez nos tocaba esperar la tan ansiada felicidad!


Doña Amelia llorando tuvo que desembarcar y nosotros junto a un oficial, subimos a la cubierta del barco con la ilusión de distinguir entre la multitud que se había aglomerado en el muelle, las queridas siluetas de mamá y papá...con infinita tristeza veíamos como todos iban abandonando el barco y se fundían en interminables abrazos con sus familiares y amigos que los habían venido a recibir... y de repente mi hermano gritó ¡allá... allá están mamá y papá!...